La tinta que me corre por dentro
Elocubraciones literarias sobre la vida que me ha tocado vivir; apalabrando lo que observo con...gusto.
lunes, 2 de marzo de 2020
Contar los muertos
Contar los muertos
Ángeles Molina Iturrondo
13 de junio de 2018
I
Esa noche las tumbas se abrieron. Las lápidas salieron del cementerio flotando río abajo. Como barcos de papel a la deriva, no dieron indicios de dónde finalmente encallarían. Las aguas arrancaron los ataúdes como arrancaron las raíces de los árboles que cayeron ante el embate de los vientos. El cementerio se volvió un lugar sin orden; un infierno de caos, un lodazal espeso y maloliente. Más tarde, aparecieron cuerpos en los lugares más extraños. Algunos descansaban atrapados entre ramas, colgando como adornos de Navidad. Otros aparecieron escondidos bajo planchas de zinc o acurrucados en las cunetas. Algunos flotaron dentro de las casas en las que el agua llegaba casi a los techos. Los sobrevivientes estaban aterrados. Los cadáveres inflados eran como peces de agua dulce chapoteando en las inundaciones. Parecían sirenas míticas. Las escenas eran dantescas. Las autoridades estaban confundidas. Se preguntaban si eran muertos viejos o muertos nuevos los que emergían de las aguas pantanosas.
II
Los pueblo rurales quedaron incomunicados. Los árboles caídos cerraron las carreteras. Se interrumpió la electricidad y la provisión de agua potable. Los ríos se hincharon con el agua de la lluvia que cayó sin descanso por horas y se llevaron los puentes enredados en su furia inclemente. Los enfermos fueron los primeros en irse. Luego los bebés prematuros. Le siguieron los ancianos. Los pájaros dejaron de cantar porque también sucumbieron. La muerte se apoderó de las montañas.
III
Después del huracán, una plaga se ensañó con la isla. Durante meses, arrasó con los más humildes. Se escondió en la negritud de la noche en la isla a oscuras. Llegó sin prisa y se llevó a los que encontró mal heridos, tristes, enfermos, sedientos, solos, abandonados. A algunos los lanzó desde los precipicios; a otros los emborrachó con soñolencia y se los llevó dormidos. Otros murieron callados como pichones. A otros, los arrebató con zarpazos de fiera herida. Nadie sabía cuantos habían sido los muertos.
IV
En Jayuya, sin luz, ni agua, ni comunicación, ni acceso por tierra , Lola cuidaba a su padre enfermo como podía. Observaba el jadeo profundo, escuchaba los quejidos. Qué podía hacer sino acompañarle en lo que quedó de su casita de madera sin techumbre, apenas con dos paredes en pie y un pedacito de techo. Contaba las respiraciones de su padre, que por momento se detenían y entonces, sobrevenía el suspiro de la muerte. Así pasaron dos días, hasta que exhaló el último aire. Sus hermanos cavaron un hoyo profundo en el terreno, que cedió con facilidad ante los golpes secos de las palas. Le hicieron la mortaja con una sábana. Lo colocaron con enorme ternura en el hueco y lo cubrieron con tierra húmeda. Para no olvidar donde lo enterraron, marcaron la tumba improvisada con una cruz de palo y un pañuelo.
V
Como el padre de Lola, fueron muchos los muertos invisibles. No hubo médicos de cabecera que certificaran sus decesos. En algunos pueblos eran tantos, que la pestilencia llegaba a los lugares más remotos. El llanto de los sobrevivientes se escuchaba en las costas, en las ciudades, en las montañas. Algunos cadáveres llegaron a Medicina Forense, donde no había facilidades para refrigerarlos. El olor a muerte eran intenso. Tuvieron que desalojar el edificio.
V
Meses después, vinieron a contar los fallecidos. Hablaron con la gente en los campos y en las ciudades. Entrevistaron a los sobrevivientes como se hace en las aldeas más remotas de África y de la India, donde no existen registros demográficos ni se expiden certificados de defunción. Uno a uno empezaron a aparecer los muertos. En cada familia, se volvían visibles cuando mostraban las tumbas improvisadas en los jardines. Asumían corporeidad cuando señalaban los árboles que estaban reverdeciendo sobre las osamentas cubiertas por la composta. Uno a uno empezaron a contarlos. Los fallecidos se multiplicaban de 16, a 64, a 4645 hasta constituir una multitud demasiado grande para ignorarla.
VI
Cada muerto dejó atrás un par de zapatos. Sus sobrevivientes los colocaron sobre la acera en el norte del Capitolio para recordarlos. Primero fueron 10, luego 20, 50, y así su numero se multiplicó por cientos. Los zapatos formaron un tejido entrañable en el mármol frío; formaron un ejercito de muertos de pie, cada uno calzando botas, tenis, sandalias, botines, charoles. En absoluto silencio, se mantuvieron presentes para que los contaran, porque estos muertos, desde el otro lado, exigieron ser contados.
La palabra
Quiero volver a la palabra
donde todo es posible
y nada existe,
excepto en sonoros susurros,
en las tildes y acentos
de poemas palabras
y palabras poemas.
Quiero volver a la palabra.
Volver a la poesía
donde se desdibujan
las letras redondas,
los perfiles oscuros,
las siluetas filosas,
las angulosas,
las puntiagudas
y tiernas líneas de las emes.
Quiero instalarme
en los recovecos carnosos
de las palabras,
una y otra vez
y otra
y otra
hasta la eternidad
y poseerlas,
tocando el verbo,
los plurales,
estrujando las inflexiones
que en fuga llevan
breves relatos en sus crestas.
Y si en la eternidad existieran palabras,
en una conjunción perfecta
de lengua y lápiz,
de bolígrafo y verso,
de estrofas,
pediré a gritos las querencias
que ya no tengo,
que perdí hace un milenio
entre las oraciones afiladas
y las frases varoniles de aquel poema.
domingo, 27 de noviembre de 2016
Nota biográfica de AMI
Nota biográfica
Ángeles Molina Iturrondo
______________________________________________________________
Ángeles Molina Iturrondo es Catedrática en el Departamento de Estudios Graduados de la Facultad de Educación del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico. Posee un doctorado en Educación Temprana de la Universidad de Boston y una maestría en Educación de Arte de la Universidad de Nueva York. En 1985, realizó estudios postdoctorales en la Escuela Graduada de Educación de la Universidad de Harvard.
Nació en Santurce, Puerto Rico, en 1954. Estudió en el Colegio de la Inmaculada, en la Parada 26 en Santurce, de donde se graduó en 1971, terminando la escuela secundaria en tres años. Pasó al entonces Colegio Universitario de Sagrado Corazón (hoy Universidad del Sagrado Corazón en Santurce,) donde hizo estudios de bachillerato en educación elemental y artes plásticas. Se graduó en 1974, también en tres años, cuando tenía 19 años de edad. Fue una estudiante excelente, manteniéndose en el cuadro de honor durante todos estudios.
Desde muy joven descubrió su pasión por la escritura y por las artes plásticas. Durante sus años de estudio del bachillerato escribía y leía poesía y literatura latinoamericana, que es su favorita. Además dibujaba, pintaba y hacia grabados, llegando a exponer dibujos en La Galería en el Viejo San Juan. Sus maestros de artes plásticas fueron Mary Anne Mackinon, Myrna Báez, José Antonio Torres Martino y Rafael Márquez.
Desde el 2004 hasta el 2010, se desempeñó como Decana de la Facultad de Educación del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico. Fue miembro del Consejo de Examinadores del National Council for the Accreditation of Teacher Education (NCATE) desde 2008 hasta 2013. Actualmente es miembro de Consejo Multisectorial del Gobernador para Niñez Temprana, de la Junta de Gobierno del Regional Education Laboratory del Noreste y las islas de los Estados Unidos (RELNEI); del PR Research Alliance on Dropout Prevention; y de la Junta de Directores de la Fundación Chana y Samuel Levis.
Se ha destacado como autora de literatura infantil y entre otros libros, se destacan Sapo Sapito, sapote publicado por Ediciones Santillana; El príncipe que no quería ser príncipe, y Sopa de hortalizas publicados por la Editorial de la UPR; Esto era una vez en el fin del mundo, y Valentina ya no dice solo mu publicados por Ediciones SM, por el cual fue distinguida por el PEN Club de Puerto Rico en 2009 con el Premio Nacional de Literatura Infantil.
Es además investigadora en el campo de la lectura temprana. Su línea de investigación se centra en la lectura y la escritura emergentes en los años preescolares. Su más reciente artículo académico, titulado, “MaMi aiLobu”: la escritura emergente en inglés en preescolares hispanohablantes, está publicado en la revista Míriada Hispánica, de la Universidad de Valencia, España.
Es autora de literatura infantil, de artículos académicos y .de varios libros académicos en el campo de la educación preescolar y lectoescritura emergente. Entre otros se destacan Educación con Sentido: educación ideal y posible (2006) en coautoría con cinco autoras; Leer y escribir con Adriana: la evolución temprana de la lectoescritura en una niña desde la infancia hasta el primer grado (1999); y Niños y niñas que exploran y construyen: currículo para el desarrollo integral en los años preescolares (1994). Este último ha sido adoptado como currículo en muchos centros preescolares en Puerto Rico. En el 2010, fue la editora de la guía curricular para el nivel preescolar Volteretas, publicada por Ediciones SM. Es coautora del marco conceptual del programa de educación temprana del Departamento de Educación que está en vigor en la actualidad.
(BioRev2016)
Literatura infantil publicada
Molina Iturrondo, A. (2015). Valentina…ya no dice solo mu. Cataño, PR: Ediciones SM.
Molina Iturrondo, A. (2012). El ombligo. Ecuador: Libresa.
Molina Iturrondo, A. (2009).La extraordinaria idea de Tito. Ediciones Santillana.
Molina Iturrondo, A. (2008). Esto era una vez en el fin del mundo. San Juan, PR: Ediciones SM.
Molina Iturrondo, A & Pujols, C.T. (Eds.). (2007). Serie Dos Lenguas. Río Piedras, PR: Editorial de la Universidad de Puerto Rico.
Molina Iturrondo, A. (2007) El príncipe que no quería ser príncipe. Río Piedras, PR: Editorial de la Universidad de Puerto Rico.
Molina Iturrondo, A. (2004). Sopa de hortalizas. Río Piedras, PR: Editorial de la Universidad de Puerto Rico
Molina Iturrondo, A. (2003). Aurora Soñadora . Guaynabo, PR: Ediciones
Santillana.
Molina Iturrondo, A. (2003). Un paseo por el planeta Tierra. Guaynabo,PR: Ediciones Santillana
Molina Iturrondo, A. (2003). The colors of miss Daisy Violet. Guaynabo,
PR: Ediciones Santillana.
Molina Iturrondo. A. (2003). Bog, the hungry frog. Guaynabo, PR:
Ediciones Santillana
Molina Iturrondo. A. (2003). El búho y la reinita. Guaynabo, PR: Ediciones Santillana.
Molina Iturrondo, A. (2005). Hormigas en mi patio. Guaynabo, PR:
Ediciones Santillana.
Molina Iturrondo, A. (2003). De paseo por el Yunque. Guaynabo, PR:
Ediciones Santillana.
Molina Iturrondo, A. (2003). De paseo con Don Bruno. Guaynabo, PR:
Ediciones Santillana.
Molina Iturrondo, A. (2003). La media perdida. Guaynabo, PR: Ediciones Santillana.
Molina Iturrondo, A. (2003).Sapo, Sapito, Sapote. Guaynabo, PR: Ediciones
Santillana.
Molina Iturrondo, A. (2003). Pepitina. Guaynabo, PR: Ediciones Santillana.
.
miércoles, 13 de julio de 2016
Hojas de Selva
Hojas de selva.
Enormes.
Prehistóricas.
Crecen en la penumbra.
A media luz,
A media sombra.
Trepan.
Se amarran.
Cuelgan exuberantes.
Se ofrecen a los pájaros.
Los insectos las colonizan.
Las trituran.
Las muerden.
Las devoran.
Las orugas las convierten en mariposas.
Las mariposas, en cunas.
Las cigarras, en madrigueras.
Las hormigas, en alimento.
Hojas de selva.
Verdes.
Moradas.
Pretéritas.
Fructíferas.
Florecientes.
Podridas.
Descompuestas en restos de troncos moribundos,
Agonizantes.
Unas recién nacidas.
Y otras, natimuertas.
Hojas de selva.
Selva de hojas.
Hojas.
Selva.
H…ojas.
ojos.
Hojas salva selvas.
Hojas de selva.
Susurro
En las aristas que corren por tus manos
hay un susurro.
Un recuerdo melancólico y distante.
Tiembla en el ángulo de tu perfil.
Tintinea en el borde de tu oreja.
Vibra en la capa superior de tu epidermis.
Late en la punta de tu lengua.
En tus ojos se asoma ese susurro.
En la niña del ojo, baila.
En los parpados, se balancea.
Se acuesta en la pestaña que va mejilla abajo,
desbancada por un dedo impertinente
que intenta borrarlo con la lágrima que asoma.
En tu pelo canoso se esconde un susurro.
Se agita al viento.
Se acomoda en tu mano nerviosa que lo alisa,
como para tranquilizarlo,
para que no se moleste ni se irrite,
ni que alce la voz.
Para que se duerma,
acurrucado por una nana profundamente dulce,
perfumada en la geografía de tu cuerpo.
Para que se maree y no proteste…al menos, por ahora.
lunes, 11 de julio de 2016
Sombra de sombra
Yo, apenas fui la sombra de su sombra.
Le anduve atrás,
adelante,
al lado.
Como pude rocé mis sienes con las suyas.
En la penumbra,
sus abrazos como un rumor de velas encendidas,
sus abrazos,
como las apretadas alas de la muerte me arroparon.
Sombra de sombra,
Sin la ruta trazada excepto por la suya.
Me llevó donde quiso.
Me tuvo una y mil veces poseída por su voz estrellada,
por su boca y su lengua de violetas.
En los campos abiertos,
a fuerza de sembrarlos de laureles
fui suya entonces
y sigo siendo suya,
aunque su cuerpo ya no dé sombra
y se haya transformado en una alondra.
lunes, 7 de septiembre de 2015
Sin nombre
Había una vez dos niños a quienes sus padres olvidaron ponerles nombres. Cuando nació el mayor y después el menor, se referían a ellos como los hermanitos, los nenes, los pequeños, los chicos, pero nunca los llamaban por sus nombres de pila, como José, Isabelo o Julio, porque no los tenían.
Según fueron creciendo, con frecuencia la gente les preguntaba sus nombres. Los niños se mantenían callados como muros de piedra sin entender la pregunta. Sin saber qué contestar, se les veía la mirada perdida en el vacío de sus nombres propios, confundidos por la abundancia de los nombres de los que preguntaban, por la riqueza de los nombres de los vecinos, por la creatividad de los nombres de sus parientes, nombres como María Magdalena Cristina, Alondra Sofía Paola, Divina Eugenia de los Ángeles, Diego Ignacio Rosario del Viernes Santo y Guillermo Tomás Alejandro Magno.
Cuando comenzaron en la escuela, se toparon con la lista interminable de los nombres de sus compañeros de clase. Era tan abrumadora que se desmayaron. Caminaban aturdidos por los pasillos por el efecto que le producían los nombres de sus maestras. Se desorientaban con los nombres de los autores de los cuentos y de los personajes que habitaban en ellos. Los nombres de todos y de todo, los acechaban en las esquinas y ellos no sabían qué hacer con la interminable lista de sustantivos que los rodeaban.
Los niños sin nombres estaban muy tristes. Mientras los niños y las niñas del mundo, en Europa, África o Asia, tenían un nombre propio como Ana, Mamadú o Ling, los hermanos nunca habían escuchado la melodía de sus nombres en los oídos, ni leído las expresiones de esos nombres en los labios de otros, ni observado el destello que los nombres propios producen en los ojos de sus dueños cuando alguien los llama. Los niños sin nombres eran invisibles. No existían porque nadie los había nombrado todavía. Nadie se refería a ellos excepto con los nombre comunes, con los nombres ordinarios que compartían con todos y eran propiedad de nadie, que se escribían con letras minúsculas y no les impartían identidad ni definían sus caracteres.
Un día, la abuela materna de los hermanos sin nombres, que se llamaba Alfonsina Magnolia de la Lluvia, cansada de luchar contra la imagen incorpórea de sus nietos por la falta de nombres, tomó la decisión de escoger para ellos un par de nombres propios, llenos de letras, forrados de sonidos melódicos, poéticos, prosódicos, que fueran tiernos en los labios de los que nombraban, incisivos en los oídos de los que escuchaban, refulgentes en los ojos de los poseedores. Comenzó entonces a buscar nombres en los almanaques, en el santoral, en las novelas, en los poemas. Empezó a inventarlos, a pronunciarlos deliberadamente para explorar como sonaban, a escribirlos en columnas interminables, a dibujarlos, a descifrar sus significados, a reflexionar sobre los atributos que podrían aportar a sus dueños, a investigar su misticismo, porque quería escoger los nombres perfectos para sus nietos.
Una noche, después de varias semanas de búsqueda, de desvelos y de inquietudes por los nombres que no aparecían, a Alfonsina Magnolia de la Lluvia se le ocurrió preguntarles a los niños cómo les gustaría llamarse. Ellos la miraron a los ojos, sorprendidos por la pregunta inesperada de la abuela, que disparó un resorte ancestral en las almas de los nietos y después de un instante de silencio, le contestaron a coro que querían llamarse Luis Ernesto y Ernesto Luis.
Desde entonces, la abuela Alfonsina Magnolia de la Lluvia se dedicó a decirle al mundo que sus nietos ya tenían nombres propios, hermosos, dulces, melodiosos y sobre todo, escogidos por sus propios dueños. Con los nombres, los niños adquirieron concreción, identidad y existencia. Dejaron de ser invisible. Se convirtieron en dos seres humanos de carne y hueso, con nombres y apellidos, corpóreos, densos y reales.
El primer indicio del nombramiento de los niños en el mundo, donde todo ser y objeto tiene un nombre, fue cuando Luis Ernesto y Ernesto Luis aparecieron en el registro escolar. A lado de cada nombre también aparecieron las calificaciones, las ausencias y las tardanzas. Más tarde, aparecieron sus actas de nacimiento en la gaveta metálica de un archivo olvidado en el Ministerio del Registro Demográfico. Un funcionario del Demográfico las encontró por casualidad mientras buscaba un acta de nacimiento perdida. La oficina del Seguro Social envió a cada uno, una tarjeta azul con sus nombres y el número de identificación, que llegó a vuelta de correo en un sobre de color Manila con el matasellos federal. Alfonsina Magnolia de la Lluvia no salía de su asombro ante la avalancha de signos que confirmaban que sus nietos finalmente
existían desde que poseían nombres, que tenían derechos, que les reconocían sus identidades humanas y sociales. Tampoco dejaba de maravillarle que por fin, los rostros de sus nietos
podrían identificarse con sus nombres en las fotografías de los cumpleaños y de las veladas navideñas de la escuela.
Con los años Luis Ernesto y Ernesto Luis solicitaron pasaportes que emitieron a nombre da cada uno, para ir a descubrir al mundo. Compraron pasajes aéreos, hicieron reservaciones de habitaciones en hoteles de tres, cuatro y cinco estrellas localizados en los confines más lejanos del planeta, alquilaron carros, compraron boletos de trenes sin problemas porque al cargar sus nombres relucientes como condecoraciones en el pecho se les facilitaban los trámites más pedestres. Sin embargo, Alfonsina Magnolia de la Lluvia no vivió lo suficiente para ver el fruto de su arrojo, ni las extraordinarias consecuencias que tuvo la decisión atrevida de ponerles nombres a sus nietos. Falleció arrollada por un camión, cuyo chofer negligente rebasó el Pare en una esquina de Miramar. Pero como no llevaba carné de identidad alguno con su nombre, y sus nietos estaban viajando por el mundo, nadie reclamó su cadáver ni pudo identificarla. La sepultaron en una fosa común del Cementerio Municipal de Villa Palmeras, bajo una lápida en blanco y sin nombre, sin que nadie pudiera jamás volver a referirse a ella como Alfonsina Magnolia de la Lluvia.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)