Elocubraciones literarias sobre la vida que me ha tocado vivir; apalabrando lo que observo con...gusto.
domingo, 6 de mayo de 2012
" Tsunami ready"
Recuerdo vívidamente los relatos de mi bisabuela y de mi abuela materna, sobre el terremoto y el subsiguiente maremoto acaecidos en Mayagüez, el 11 de octubre de 1908. De todos esos cuentos, el más que me fascinaba era el del maremoto. Me parecía irreal que el mar pudiera replegarse, dejando expuestos a los peces aleteando sobre la arena mojada, para más tarde regresar agigantado, a tragarse lo que encontrara en su camino. Era tal mi encantamiento con el cuento del maremoto, que con frecuencia soñaba que estaba sentada sobre una duna en la playa, cuando de repente aparecía una ola gigantesca que me llevaba mar adentro.
Cuando llegué a la universidad, descubrí que los maremotos son el pan de cada día en Japón. A través de los siglos, los artistas gráficos japoneses se han dedicado a representar exquisitamente esos fenómenos naturales que capturaron mi imaginación de niña. Pero todavía eran catástrofes lejanas y míticas, que cobraban vida en las escenas imaginadas en mi pensamiento.
El 26 de diciembre de 2004, el maremoto de mi niñez se convirtió en un tsunami arrollador, que arrasó con los pueblos costeros de Indonesia y de Tailandia. Este tsunami fue consecuencia del Terremoto de Sumatra, con secuelas devastadoras en pérdidas de vidas y propiedad que podrían ser incontables. De momento, los relatos de mis abuelas cobraron una realidad aterradora. Las imágenes en la televisión y en la Internet atestiguaron fehacientemente que el tsunami es inmisericorde; que puede ocurrir en cualquier costa; que se lleva lo que encuentran en su ruta de destrucción con una fuerza irresistible; y que nosotros, los habitantes costeros de esta islita del Caribe que se llama Puerto Rico, podríamos encontrarlo de frente en cualquier momento.
A partir de ese momento, la palabra maremoto desapareció de nuestro léxico y fue sustituida por el término japonés, tsunami. En las playas de Puerto Rico aparecieron letreros azules avisando a los bañistas que estaban en áreas susceptibles a tsunamis. Se hicieron simulacros. Los pueblos costeros establecieron planes de contingencias. En las escuelas cercanas a las playas se distribuyeron salvavidas anaranjados. De hecho, sé de una escuela costera en Hatillo, cuyas maestras imparten clases con los salvavidas a mano, por si acaso hubiera que salir nadando. Yo confieso, que hace algunos días, cuando estuve en un hotel del área sur cuyos jardines colindan con la playa, miré al mar desde mi habitación terrera y me pareció que estaba demasiado cerca. Inmediatamente busqué la escalera más próxima al segundo piso. En mi mente tracé una ruta de escape por si me sorprendía una ola enorme en medio de la noche. No tenía un salvavidas anaranjado a mano, pero estaba dispuesta a subir al segundo piso como fuera. Nunca había visto el mar de esa manera; ni había pensado en un tsunami como un evento probable. Más tarde, me reía sola recordando mi reacción inicial. Concluí que, sin duda, que ya estoy “Tsunami ready”.
Mallorcas
Crecí disfrutando de las mallorcas de La Bombonera. Desde el momento que me anunciaban un paseo al Viejo San Juan, comenzaba a soñar con el aroma y con la capa azucarada del delicioso panecillo. La parada en La Bombonera era pues, obligada. Pero antes de entrar, me detenía frente a la vitrina para escudriñar las bandejas de bizcochos y de confiterías en exhibición, buscándolas golosamente con la vista. Ese instante era una pequeña tortura, porque nunca sabía si habría o no mallorcas disponibles Ocasionalmente, las mallorcas habían desaparecido antes de que lograra echarle mano a alguna. Así que tenía que conformarme con un pastelillo de guayaba, o con un suizo, que aunque se parecía a la mallorca añorada, era aburrido y rígido; sin las sinuosas curvas de las mallorcas, que me recordaban los laberintos y los moños abultados de la abuela. ¡Cosas de la imaginación de una niña!
Mi abuelo paterno también era fanático de La Bombonera, pero no por las mallorcas. Allí se encontraba con sus amigos de toda la vida, para tertuliar. Para entonces, a principios de la década del 60, mis abuelos paternos se habían mudado de Santurce a la Urbanización Roosevelt. Aunque mi abuelo tenía un Packard negro, reluciente y vintage, prefería subirse en la guagua pública y llegar a San Juan a pie, llevando chaquetón, bastón y sombrero de Panamá, para protegerse la calva del candente sol del mediodía. Regresaba a la casa en la tarde, cargando con una libra de pan de agua, una lata de mantequilla danesa y una caja de cartón amarrada con cordón al estilo español, donde traía las adorables mallorcas, para su media docena de nietos.
En mi juventud seguí visitando La Bombonera como parte de la peregrinación sabatina al Viejo San Juan, donde entonces abundaban las galerías de arte. Fue la época cuando incursioné en las artes plásticas. La Bombonera era un punto de encuentro con artistas como Antonio Martorell, José Antonio Torres Martinó y Luigi Marrozini, quien era el dueño de la Galería Colibrí en la Calle de Cristo. Para entonces, ya había aprendido a degustar el café de La Bombonera y las mallorcas con mantequilla, tostadas y humeantes, que devoraba en medio de conversaciones fascinantes sobre arte, política y literatura.
Años después nació mi hija. La peregrinación sabatina se convirtió en un paseo familiar con ella en coche, que no estaba completo sin parar en La Bombonera. Allí ya no me encontraba con los artistas de mi juventud, sino con otras parejas de amistades quienes también paseaban a sus retoños y se detenían en La Bombonera para- igual que yo- iniciar los pequeños en el arte de disfrutar de la mallorca. No quiero pensar que después de tantos años y de tantas vivencias, el arte de disfrutar de la Mallorca en La Bombonera esté en peligro de extinción, porque algún día me corresponderá iniciar en él, a mis futuros nietos.
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