martes, 27 de diciembre de 2011

Rufina

                        Rufina
          Ángeles Molina Iturrondo
La abuela Rufina dispuso meticulosamente la repartición de sus bienes antes de morir. Hizo una lista de sus  posesiones y al lado escribió el nombre del destinatario. A la tía Felicita le tocaría  el ropero de caoba y la coqueta con espejo biselado que le hacía juego. A la tía Marianela le dejaría la lámpara de tulipanes en bronce que colgaba del techo de la sala como una araña y las revistas Vogue de la década del cincuenta. El tío Ildefonso  recibiría la mesa del comedor con el tope de cristal negro y las seis sillas tapizadas en moaré color guayaba, fabricada por Margarida. A  Jesulín  le correspondería  el piano.
Al fallecimiento de  la abuela, se cumplió su última voluntad fielmente.  Cada uno de los tíos y tías cargó con su herencia. Jesulín  no fue la excepción. Una tarde  lluviosa llegó a la casa con el piano, cubierto por una colcha acojinada. Tres hombre lo subieron dando traspiés,  por la escalera tortuosa que daba acceso a la casa. Allí lo dejaron, ocupando un espacio reducido en la esquina norte del balcón. Era un Wurlitzer,  recogido, cuadrúpedo y de color pardo, de  laca reluciente,  pero estaba totalmente desafinado. Allí estuvo por mucho tiempo en su rincón pequeño, sometido a las inclemencias de los  días. Cuando llovía, el agua se filtraba por la pared y lo mojaba. Cuando hacía viento, la brisa lo azotaba. En el verano, soportaba el sol implacable que lo taladraba con los rayos ultravioleta más violentos del año. Allí también se guareció del huracán Hugo  y de incontables ondas, ciclones y tormentas tropicales que aparecían por el Caribe. La impiedad con la que lo trataban era indignante.

Cuando la nieta pequeña de Jesulín se aburría de la muñeca  rubia y se cansaba de correr en círculos, montada en el carrito mostaza de Plaza Sésamo, halaba la banqueta y anunciaba a gritos que tocaría un concierto. Era de rigor  observarla y aplaudirla con interés auténtico, aunque lo que tocaba parecían composiciones surrealistas, atonales, repletas de soberanas estridencias. Su madre, la hija mayor de Jesulín,  también se sentaba en la misma banqueta, en la sala de la casa de la abuela Rufina y tocaba el Wurtlitzer cuando apenas contaba con edad de asistir al colegio. Pero no demandaba atención ni aplausos porque tocaba  para ella misma, improvisando melodías irrepetibles que en ocasiones se sonaban armoniosas, pero otras veces parecía que salían del mismísimo infierno.
En sus mejores tiempos, la abuela Rufina cubría el piano con un  mantón de Manila rojísimo. Se lo había regalado Dolores de Andalucía, una bailarina de flamenco que vino a Puerto Rico en el 30, causando un furor que únicamente comparó con el que provocó la visita de Carlos Gardel. Después resultó que Dolores había sido una fugaz  amante de su marido. A la abuela Rufina ese detalle no pareció importarle demasiado, porque mantuvo el mantón rojo sobre el piano como si tal cosa, restregándoselo en la cara al abuelo, quien tuvo que verlo colgado del piano por el resto de su vida. El mantón era inmenso. Le daba la vuelta al piano de rabo a cabo, como un mar rojo de textil sedoso.  A Rufina  lo más que le  gustaban eran los flecos carmesí y satinados, ondulantes, fluidos, salpicados de mellas; y las flores amarillas, bordadas en hilos luminosos. Nada más perfecto para cubrir el piano que Rufina tocaba cada domingo por la mañana, mientras el abuelo conversaba con Jesulín  en  el balcón.

Sobre el piano colgaba una pintura del siglo diecinueve. Nadie se ocupó de rescatarla de la basura cuando las pertenencias de la familia se dispersaron por el mundo, después de morir los abuelos. Era un cuadro mortuorio con un paisaje gris; un camino hacia el horizonte y por él, transitaba un carruaje solitario cargando lo que parecía ser un ataúd. Evocaba  los caminos solitarios del Vieques de la infancia de Rufina, los relatos de los aparecidos que ella contaba cerca del piano, las narraciones sobre los esclavos que se quedaron

 a vivir en la casa de Papá abuelo cuando les concedieron la libertad, y comenzaron a vivir una nueva forma de esclavitud, con  paga miserable y una absurda sensación de libertad, pero sin el privilegio de aprender a leer y a escribir.

Aparte de la nieta de Jesulín, nadie se fijaba en el piano. A ninguno de los miembros de la familia se les ocurrió arreglarles las teclas que se le trababan,  ni afinarlo. Nadie lo tocaba. Se había quedado mudo, sin  capacidad de resonancia, hasta que un cuatro de julio, ocurrió algo extraordinario. La esposa de Jesulín despertó de su liviano sueño con un arpegio. Aguzó el oído para determinar de dónde venía esa melodía en altas horas de la madrugada. Volvió a escuchar las mismas notas musicales con una claridad absoluta. Se levantó con sigilo y salió a la sala donde volvió a escuchar la melodía. Se espantó al comprobar que ese sonido angelical brotaba del piano de Rufina.

-Lo que me ha despertado es el piano, ¡Es el piano de la abuela Rufina! -se dijo a sí misma en voz baja como si tratara de convencerse de lo que estaba ocurriendo.

Se sentó en el balcón y observó el piano con detenimiento. No percibió ni sintió nada extraño. Vio el instrumento polvoriento y apolillado de siempre, hasta que de momento,  sus oídos atónitos, escucharon las mismas dos notas que escuchó antes. Las  teclas no se movieron. Permanecieron rígidas y atascadas como costumbre, pero el sonido era limpio y resonante; salía  desde lo más profundo de su entraña. Desde el más allá llegaba hasta el más acá, un sonido angelical y pretérito. El piano continuó tocando  las mismas dos notas por largo rato. Así transcurrieron varias horas.
A Jesulín le dio mucho coraje. No podía creer ni entender lo que ocurría.
-¡Son cosas del Demonio! - vociferó sin ningún pudor ante el piano desvencijado.
 Insultó al piano o a la abuela Rufina, pero el efecto fue el mismo. Las notas musicales se fueron extinguiendo como la llama de una vela consumida. Cuando su mujer volvió con la grabadora de casete Panasonic para quedarse con un pedazo de evidencia del suceso, el sonido había desaparecido. El piano volvió a quedarse  inerte, muerto y silencioso en la acostumbrada esquina norte del balcón.
La mujer de Jesulín se impresionó mucho con el incidente.  Cubrió el piano con sábanas, toallas y trastos viejos para no verlo ni escucharlo. Al cabo de varios meses,  quiso salir del piano. Se lo vendió por $50.00 a una anciana picoreta y rechoncha, excesivamente maquillada y carnavalesca como un personaje de cualquier película de Fellini. Vino una tarde a la casa a traer un recado de una amiga mutua de la mujer de Jesulín y vio el piano destartalado, abandonado en el balcón.
-Siempre quise tener un piano-  confesó  -pero nunca tuve suficiente dinero para comprarlo. Toco un poco de piano, ¿sabe? Pero sin uno en casa, se va perdiendo la destreza para sacarle música.

La mujer de Jesulín vio el cielo abierto.
 -Se lo vendo por $50.00. Esta es su oportunidad para mejorara sus habilidades como pianista.
A la anciana felinesca le brillaron los ojos con el destello de la ilusión. Se le dibujó una sonrisa amplia entre los labios cuarteados por el lápiz labial rojo de mala  calidad, mostrando  un  compendio de dientes amarillentos y desgastados por los años, que saboreaban la sonrisa.
-Trato hecho.
Esa tarde llegaron a la casa dos muchachos toscos, en una camioneta Chevrolet pasada de moda. Cargaron el piano sobre sus hombros y se lo llevaron al apartamento minúsculo de la anciana regordeta, en la Egida de Ancianos  de la Diez de Andino, donde vivía. Después,  le  perdieron el rastro. No se supo nada más de la anciana felinesca y ni del piano de la abuela Rufina.
Pasaron los años sin que se volviera hablar del incidente del piano. El espacio que ocupaba en el balcón, se llenó de tiestos con helechos y de bromelias.  Jesulín enfermó gravemente  y al cabo de un mes, falleció de pulmonía. Durante el sepelio su mujer relató el incidente suponiendo que  se habría encontrado con la abuela Rufina, esperándolo en el más allá. Con el temperamento fuerte que la caracterizaba en vida,  le  habrá recriminado  haber permitido que  vendiera el piano a la anciana rechoncha, de mejillas coloradas; y no haberla tomado en serio aquella mañana del cuatro de julio, cuando manifestó que algo inteligente y musical de ella perduraba en el más allá. Después de todo, en el primer aniversario de su muerte era de esperarse que volviera, impositiva y obstinada como en vida, para conmemorarlo en familia. 

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Diccionario

Quién crea que el diccionario es un libro aburrido y opaco,  que reconsidere. Conozco a un niño de ocho años  que ha descubierto que el diccionario es una fuente inagotable de información sobre el significado de las palabras. Se trata de información fidedigna, directa, sin rodeos, ni eufemismos, ni vergüenzas, o tabúes. Sucede que  ese chico está en esa edad maravillosa en la que ya se ha descubierto que las palabras tienen múltiples significados; y que en el diccionario están todas las palabras que existen: las buenas y las malas. 
Aclaro que las palabras no son ni buenas ni malas. La carga ética del vocabulario se la insuflamos los hablantes con las insinuaciones,  los ademanes, las entonaciones, los tonos y los contextos que enriquecen el discurso oral. Pero esas sutilezas de la lengua, este chico no las ha aprendido todavía. Él solo sabe que hay malas palaras y palabras prohibidas, asociadas a actos impúdico, que no se pueden repetir, ni mencionar, ni pensar, ni preguntar, pero sí se pueden buscar y encontrar en el diccionario, sin censura, ni cortapisas, ni reproches.
Pues bien, a este chico, que cursa el tercer grado, ya le han enseñado a buscar palabras por orden alfabético en el diccionario. De seguro que en la escuela, únicamente ha buscado la definición de las  buenas palabras que le asigna la maestra. Pero él, ni corto ni perezoso, ha hecho la conexión en su intelecto y sabe que en ese libro que muchos tildan de latoso, va a encontrar la información que de otra manera, le estaría vedada. Para él, el diccionario se ha transformado en el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal que menciona el Génesis; y está dispuesto a darle un buen mordisco a la manzana de la tentación para acceder al conocimiento. Es obvio que aprendió  la lección. A eso se le llama apoderamiento y es el resultado de la educación.
Este chico camina por todas partes con el diccionario debajo del brazo. Se sienta en cualquier esquina, embebido, a buscar cuanta palabra prohibida escucha o se le ocurre. Cuando la   localiza y lee el significado, pues, encuentra otras palabras que  no entiende, así que se apresta a buscar esas nuevas palabras para tener una verdadera comprensión semántica del asunto. El proceso se reinicia una y otra vez; y el chico sigue buscando palabras afanosamente, ampliando su vocabulario y  engrosando su conocimiento sobre temas prohibidos de la mejor manera posible.
No puedo evitar contrastar esa manera productiva de acceder al conocimiento, con la manera burda en que otros niños y niñas aprenden en la calle, esas palabras prohibidas. Aprenden a usarlas como armas del lenguaje, como dardos afilados, con la entonación y con los gestos soeces  que las complementan. Pero las usan sin el conocimiento de sus significados, repitiéndolas como papagayos; sin que nadie se digne a explicarles lo que significan, porque de quienes las escucharon, posiblemente, tampoco los conocen. 

Nieve

No puedo decir cuándo fue que comenzó la fascinación  de los puertorriqueños con la nieve. Tal vez  llegó con los estadounidenses en el 1898; o quizás fue más tarde, en 1917, cuando  aprobaron  la Ley Jones, que se coló con la ciudadanía americana.  Doña Felisa Rincón de Gautier, la emblemática alcaldesa de San Juan durante las décadas del 50 y del 60, intuyó la fascinación de los boricuas con los copitos blancos. Para complacer a los pequeños,  hizo traer una montaña de nieve en un avión, que depositó en el Parque Muñoz Rivera para la delicia de chicos y grandes, el 6 de enero de 1952. La osadía se repitió en 1953 y en 1954. Esa nevada urbana debe haber sido un acontecimiento; algo parecido a lo que ocurrió en Macondo,  cuando  Melquiades llevó el hielo por primera vez, en la novela Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.
Han pasado varias décadas desde la proeza  nevada de doña Fela,  pero el ensimismamiento de los puertorriqueños con la nieve, no ha cedido ni un ápice. El otro día que visité Plaza Las Américas, me sorprendió ver una muchedumbre de clientes,  apretados los unos contra los otros en la alfombra roja del atrio principal. No crean que eran únicamente padres y madres con sus pequeños a la expectativa de  que cayera la nieve artificial desde el techo, impulsada por varios abanicos enormes. No;  se trataba de los mayores, de  adultos y de  envejecidos, a la espera de la magia de la nevada de mentirita, que deleita a los compradores en esta época del año. Parece ser que en lo que al espíritu navideño se refiere, muchos  puertorriqueños prefieren la nieve, los venados, el trineo y los duendecitos de Santa Claus.
Atrás quedó la época cuando la Navidad se anunciaba en La Lomita de los Vientos, con el nacimiento del niñito Jesús y los Tres Reyes Magos, en la parte norte del Capitolio. Visitarla era una peregrinación obligada, sin la cual no empezaba oficialmente la época navideña.  La vitrina de la tienda por departamentos González Padín en el Viejo San Juan, también hacia las delicias de  los transeúntes, pero se caracterizaba por una decoración salpicada de escarcha, chimeneas y casitas nevadas.  El paseo no estaba completo sin pasar frente a las otras vitrinas adornadas de las tiendas en  San Juan, frente a las cuales se amontonaban los visitantes; o dar una o dos  vueltas  alrededor del  enorme árbol de Navidad que anualmente colocaba el Banco Popular a la entrada del Condado. Esa fascinación con la blanca Navidad, con los pinos navideños  y con la nieve  que no tenemos en el Caribe,  es efecto de la transculturación de los rasgos culturales  estadounidenses  que nos han moldeado como parte del proceso de colonización.  El asunto  es disfrutar de la blanca Navidad en  el trópico,  siendo conscientes de que la fascinación con lo nevado, no es del todo  inocente, sino el producto de una mentalidad que nos obliga a emular al norte.