Elocubraciones literarias sobre la vida que me ha tocado vivir; apalabrando lo que observo con...gusto.
viernes, 17 de agosto de 2012
Promesas, promesas
La anticipación de la audiencia presagiaba una jornada interesante. Un conglomerado de 700 maestros aguardaba ansioso. Vinieron de lugares distantes para escuchar a los candidatos a la gobernación. Cada uno presentaría su plataforma para educación.
Las mejores ideas las trajo Rogelio Figueroa del PPR, sobre escuelas autosuficientes integradas a la comunidad. Tiene un magnifico asesor de medio. Su presentación en Power Point fue de alta calidad y sus ideas también: descentralizar, redistribuir fondos de la administración central a las escuelas, autonomía curricular, escuelas verdes. Es una pena que no tenga oportunidad de ganar las elecciones, para ver si es capaz de poner en práctica sus convincentes promesas.
Luis Fortuño aprovechó para recalcar sus logros y enmarcar las promesas para los próximos. Para el futuro próximo, anunció que logrará que se exima a PR de la Ley Federal No Child Left Behind en lo que a evaluación del aprovechamiento estudiantil se refiere. Según Fortuño, los próximos diez años serán la Década de la Educación.
Las promesas de los demás candidatos no se destacaron por la innovación. José Bernabe recalcó el filón gremial en sus difusos planteamientos. El excandidato Enrique Vázquez Quintana elaboró ideas tipo libro de texto. Alejandro García Padilla se movió con la marea de la audiencia, comprometiéndose con lo que deseaban escuchar: cero cierres de escuelas, restituir las clases de arte y educación física, periodo profesional diario, becas los maestros, aumento de salario.
Juan Dalmau presentó una medida concreta sobre cómo lograr aumentar el salario de los docentes mediante un impuesto a las compañías foráneas. Recibió aplausos a granel y la simpatía de los docentes.
Los candidatos tuvieron la oportunidad de mostrar sus listas de promesas, que no son otra cosa que una larga retahíla de deseos incumplidos por los gobernadores, que una vez también fueron candidatos.
martes, 31 de julio de 2012
Pobreza
La pobreza vive a sus anchas en el fondo de la mayoría de los problemas sociales que enfrenta Puerto Rico. Se maquilla con premura para pasar desapercibida en la alta sociedad puertorriqueña. Está enmascarada por los afeites que le proporcionan las ayudas del PAN, WIC, Plan 8 y la Reforma de salud. Se pone la peluca, los aretes y sus mejores galas para verse como la señora de alcurnia que se mudó a la esquina. Igualita que en los mejores anuncios que se publican en los periódicos y aparecen en las salas de cine. Compra televisores de pantalla plana, cuelga unidades de aire acondicionado en las ventanas para refrescarse en los días calurosos del verano; se arregla las uñas, largas y afiladas, con dibujos multicolores, pero sigue siendo pobre y desposeída; viviendo el día, sin futuro.
Los que más se perjudican de esta doble vida, son sus pequeños vástagos. Según el estudio producido por la Fundación Annie E. Casey, en el presente año, el 83 por ciento de los niños y de las niñas en la Isla, vive en condiciones de pobreza. ¡El 83 por ciento de la niñez viviendo en la pobreza en Puerto Rico es una masa crítica impresionante! Me tomo la libertad de añadir que asisten a escuelas públicas mediocres. Conviven en comunidades azotadas por la violencia y el narcotráfico. Carecen de los mejores servicios de salud preventiva. Tienen una idea difusa, si alguna, del porvenir como algo lejano que tal vez, nunca llegará para algunos. Para esos que caerán abatidos en tiroteos y en riñas por el control de un punto de droga; o en rivalidades con gangas de otra vecindad; o en asesinatos a mansalva por celos, no habrá futuro alguno porque se mueren precozmente. Para esos que morirán a manos de sus padres o madres demasiado jóvenes para saber qué es la paciencia o tolerar el llanto de un infante, tampoco habrá futuro. Es una verdadera crisis social, la que provoca la pobreza. Es el mañana del país, que se malogra.
Pero la educación de calidad es el antídoto de la pobreza. Le lava la cara pintoreteada y le arranca los aretes. La obliga a mirarse tal cual es, frente al espejo del conocimiento y de la conciencia crítica; la destrona del lugar donde se acomoda complaciente. Como un problema multifactorial, a la pobreza hay que atacarla de frente, con la mejor educación posible, con la certeza de que un futuro mejor se construye desde el hoy. Con un sistema de producción económica donde los ciudadanos forjen su nicho, produzcan para sí mismos y para el país; y se apoderen de sus vidas.
A ver si los políticos toman nota. Estamos en año de elecciones, pero no los escucho proponer soluciones para erradicar la pobreza; solo para seguir enmascarándola, disfrazándola de dama de sociedad, cuando en realidad es una pordiosera; una mendiga que espera que le lancen una limosna a su mano extendida.
sábado, 23 de junio de 2012
domingo, 6 de mayo de 2012
" Tsunami ready"
Recuerdo vívidamente los relatos de mi bisabuela y de mi abuela materna, sobre el terremoto y el subsiguiente maremoto acaecidos en Mayagüez, el 11 de octubre de 1908. De todos esos cuentos, el más que me fascinaba era el del maremoto. Me parecía irreal que el mar pudiera replegarse, dejando expuestos a los peces aleteando sobre la arena mojada, para más tarde regresar agigantado, a tragarse lo que encontrara en su camino. Era tal mi encantamiento con el cuento del maremoto, que con frecuencia soñaba que estaba sentada sobre una duna en la playa, cuando de repente aparecía una ola gigantesca que me llevaba mar adentro.
Cuando llegué a la universidad, descubrí que los maremotos son el pan de cada día en Japón. A través de los siglos, los artistas gráficos japoneses se han dedicado a representar exquisitamente esos fenómenos naturales que capturaron mi imaginación de niña. Pero todavía eran catástrofes lejanas y míticas, que cobraban vida en las escenas imaginadas en mi pensamiento.
El 26 de diciembre de 2004, el maremoto de mi niñez se convirtió en un tsunami arrollador, que arrasó con los pueblos costeros de Indonesia y de Tailandia. Este tsunami fue consecuencia del Terremoto de Sumatra, con secuelas devastadoras en pérdidas de vidas y propiedad que podrían ser incontables. De momento, los relatos de mis abuelas cobraron una realidad aterradora. Las imágenes en la televisión y en la Internet atestiguaron fehacientemente que el tsunami es inmisericorde; que puede ocurrir en cualquier costa; que se lleva lo que encuentran en su ruta de destrucción con una fuerza irresistible; y que nosotros, los habitantes costeros de esta islita del Caribe que se llama Puerto Rico, podríamos encontrarlo de frente en cualquier momento.
A partir de ese momento, la palabra maremoto desapareció de nuestro léxico y fue sustituida por el término japonés, tsunami. En las playas de Puerto Rico aparecieron letreros azules avisando a los bañistas que estaban en áreas susceptibles a tsunamis. Se hicieron simulacros. Los pueblos costeros establecieron planes de contingencias. En las escuelas cercanas a las playas se distribuyeron salvavidas anaranjados. De hecho, sé de una escuela costera en Hatillo, cuyas maestras imparten clases con los salvavidas a mano, por si acaso hubiera que salir nadando. Yo confieso, que hace algunos días, cuando estuve en un hotel del área sur cuyos jardines colindan con la playa, miré al mar desde mi habitación terrera y me pareció que estaba demasiado cerca. Inmediatamente busqué la escalera más próxima al segundo piso. En mi mente tracé una ruta de escape por si me sorprendía una ola enorme en medio de la noche. No tenía un salvavidas anaranjado a mano, pero estaba dispuesta a subir al segundo piso como fuera. Nunca había visto el mar de esa manera; ni había pensado en un tsunami como un evento probable. Más tarde, me reía sola recordando mi reacción inicial. Concluí que, sin duda, que ya estoy “Tsunami ready”.
Mallorcas
Crecí disfrutando de las mallorcas de La Bombonera. Desde el momento que me anunciaban un paseo al Viejo San Juan, comenzaba a soñar con el aroma y con la capa azucarada del delicioso panecillo. La parada en La Bombonera era pues, obligada. Pero antes de entrar, me detenía frente a la vitrina para escudriñar las bandejas de bizcochos y de confiterías en exhibición, buscándolas golosamente con la vista. Ese instante era una pequeña tortura, porque nunca sabía si habría o no mallorcas disponibles Ocasionalmente, las mallorcas habían desaparecido antes de que lograra echarle mano a alguna. Así que tenía que conformarme con un pastelillo de guayaba, o con un suizo, que aunque se parecía a la mallorca añorada, era aburrido y rígido; sin las sinuosas curvas de las mallorcas, que me recordaban los laberintos y los moños abultados de la abuela. ¡Cosas de la imaginación de una niña!
Mi abuelo paterno también era fanático de La Bombonera, pero no por las mallorcas. Allí se encontraba con sus amigos de toda la vida, para tertuliar. Para entonces, a principios de la década del 60, mis abuelos paternos se habían mudado de Santurce a la Urbanización Roosevelt. Aunque mi abuelo tenía un Packard negro, reluciente y vintage, prefería subirse en la guagua pública y llegar a San Juan a pie, llevando chaquetón, bastón y sombrero de Panamá, para protegerse la calva del candente sol del mediodía. Regresaba a la casa en la tarde, cargando con una libra de pan de agua, una lata de mantequilla danesa y una caja de cartón amarrada con cordón al estilo español, donde traía las adorables mallorcas, para su media docena de nietos.
En mi juventud seguí visitando La Bombonera como parte de la peregrinación sabatina al Viejo San Juan, donde entonces abundaban las galerías de arte. Fue la época cuando incursioné en las artes plásticas. La Bombonera era un punto de encuentro con artistas como Antonio Martorell, José Antonio Torres Martinó y Luigi Marrozini, quien era el dueño de la Galería Colibrí en la Calle de Cristo. Para entonces, ya había aprendido a degustar el café de La Bombonera y las mallorcas con mantequilla, tostadas y humeantes, que devoraba en medio de conversaciones fascinantes sobre arte, política y literatura.
Años después nació mi hija. La peregrinación sabatina se convirtió en un paseo familiar con ella en coche, que no estaba completo sin parar en La Bombonera. Allí ya no me encontraba con los artistas de mi juventud, sino con otras parejas de amistades quienes también paseaban a sus retoños y se detenían en La Bombonera para- igual que yo- iniciar los pequeños en el arte de disfrutar de la mallorca. No quiero pensar que después de tantos años y de tantas vivencias, el arte de disfrutar de la Mallorca en La Bombonera esté en peligro de extinción, porque algún día me corresponderá iniciar en él, a mis futuros nietos.
viernes, 2 de marzo de 2012
Delirios del trópico
Los que vivimos en el trópico sabemos que la naturaleza caribeña puede ser disparatada. No en vano inspiró el Realismo Mágico en la literatura de Gabriel García Márquez y contagió a otros autores latinoamericanos. Baste como ejemplo, el indomable comportamiento del clima durante la época de huracanes. De doce meses del año, seis de éstos estamos sujetos a los caprichos del viento y del calor del mar.
La meteorología trata de predecir la trayectoria de los ciclones que son producto de la interacción de estas dos fuerzas milenarias. Ha desarrollado modelos matemáticos prolijamente. Ha echado mano de las computadoras. Ha instalado radares Doppler; y envía a los imponentes aviones caza huracanes a hurgar en las entrañas de estas bestias de lluvia. Pero independientemente de las maravillas de las tecnologías del siglo XXI, a la hora de la verdad, los ciclones tropicales hacen lo que les viene en gana.
Emily e Irene, dos tormentas recientes en nuestra comarca, desafiaron las predicciones más científicas. Emily, porque se pronosticó que tendría mayor impacto y al final, sus efectos lluviosos apenas se sintieron. Irene, a la que el pueblo no le prestó atención hasta que estuvo prácticamente sobre la isla, se dio gusto y ganas fortaleciéndose sobre nuestro entorno. Además, hizo gala de su extravagancia, al entrar y salir de la isla por donde quiso. ¡Quién lo hubiera pensado! Irene cruzó de este a oeste sin pudor ni vergüenza, dejando atrás un reguerete de nubes, de tronadas, de rayos, de centellas y de aguaceros que me hicieron pensar en el diluvio universal; y claro, en el clásico relato de García Márquez, Isabel viendo llover en Macondo. Y ni hablar de las inundaciones, de los árboles derribados, de las antenas de satélite de televisión y de otras excentricidades que dejó en los patios y en las carreteras del país.
Por cierto, la post tormenta de Irene fue peor que la propia tormenta. Al otro día del ciclón, llovió a cantaros. Esa noche, sopló el viento y tronó tan fuerte o más que durante el azote directo de la tormenta. En el segundo día después del evento atmosférico, las represas y los ríos hinchados de agua hicieron gala de su fuerza. Amenazaron con invadir los cascos urbanos de Comerío y Toa Baja, mientras sus habitantes se resistían a abandonar los hogares, prefiriendo refugiarse en las segundas plantas de sus propiedades.
Los meteorólogos mencionaron que la cantidad de lluvia que Irene depositó sobre la isla, colocó al fenómeno a la altura de uno que ocurriría cada cincuenta años. Lo malo es que esas exageraciones hidrográficas están ocurriendo con mucha más frecuencia de lo esperado y de lo que predicen los sofisticados modelos matemáticos: Hugo en 1989; Hortense en 1996; Georges en 1998. Parecería que las tormentas, los ciclones y los huracanes les han perdido el respeto a los científicos que las estudian, convirtiéndose en verdaderos delirios de la naturaleza tropical.
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