Elocubraciones literarias sobre la vida que me ha tocado vivir; apalabrando lo que observo con...gusto.
lunes, 7 de septiembre de 2015
Sin nombre
Había una vez dos niños a quienes sus padres olvidaron ponerles nombres. Cuando nació el mayor y después el menor, se referían a ellos como los hermanitos, los nenes, los pequeños, los chicos, pero nunca los llamaban por sus nombres de pila, como José, Isabelo o Julio, porque no los tenían.
Según fueron creciendo, con frecuencia la gente les preguntaba sus nombres. Los niños se mantenían callados como muros de piedra sin entender la pregunta. Sin saber qué contestar, se les veía la mirada perdida en el vacío de sus nombres propios, confundidos por la abundancia de los nombres de los que preguntaban, por la riqueza de los nombres de los vecinos, por la creatividad de los nombres de sus parientes, nombres como María Magdalena Cristina, Alondra Sofía Paola, Divina Eugenia de los Ángeles, Diego Ignacio Rosario del Viernes Santo y Guillermo Tomás Alejandro Magno.
Cuando comenzaron en la escuela, se toparon con la lista interminable de los nombres de sus compañeros de clase. Era tan abrumadora que se desmayaron. Caminaban aturdidos por los pasillos por el efecto que le producían los nombres de sus maestras. Se desorientaban con los nombres de los autores de los cuentos y de los personajes que habitaban en ellos. Los nombres de todos y de todo, los acechaban en las esquinas y ellos no sabían qué hacer con la interminable lista de sustantivos que los rodeaban.
Los niños sin nombres estaban muy tristes. Mientras los niños y las niñas del mundo, en Europa, África o Asia, tenían un nombre propio como Ana, Mamadú o Ling, los hermanos nunca habían escuchado la melodía de sus nombres en los oídos, ni leído las expresiones de esos nombres en los labios de otros, ni observado el destello que los nombres propios producen en los ojos de sus dueños cuando alguien los llama. Los niños sin nombres eran invisibles. No existían porque nadie los había nombrado todavía. Nadie se refería a ellos excepto con los nombre comunes, con los nombres ordinarios que compartían con todos y eran propiedad de nadie, que se escribían con letras minúsculas y no les impartían identidad ni definían sus caracteres.
Un día, la abuela materna de los hermanos sin nombres, que se llamaba Alfonsina Magnolia de la Lluvia, cansada de luchar contra la imagen incorpórea de sus nietos por la falta de nombres, tomó la decisión de escoger para ellos un par de nombres propios, llenos de letras, forrados de sonidos melódicos, poéticos, prosódicos, que fueran tiernos en los labios de los que nombraban, incisivos en los oídos de los que escuchaban, refulgentes en los ojos de los poseedores. Comenzó entonces a buscar nombres en los almanaques, en el santoral, en las novelas, en los poemas. Empezó a inventarlos, a pronunciarlos deliberadamente para explorar como sonaban, a escribirlos en columnas interminables, a dibujarlos, a descifrar sus significados, a reflexionar sobre los atributos que podrían aportar a sus dueños, a investigar su misticismo, porque quería escoger los nombres perfectos para sus nietos.
Una noche, después de varias semanas de búsqueda, de desvelos y de inquietudes por los nombres que no aparecían, a Alfonsina Magnolia de la Lluvia se le ocurrió preguntarles a los niños cómo les gustaría llamarse. Ellos la miraron a los ojos, sorprendidos por la pregunta inesperada de la abuela, que disparó un resorte ancestral en las almas de los nietos y después de un instante de silencio, le contestaron a coro que querían llamarse Luis Ernesto y Ernesto Luis.
Desde entonces, la abuela Alfonsina Magnolia de la Lluvia se dedicó a decirle al mundo que sus nietos ya tenían nombres propios, hermosos, dulces, melodiosos y sobre todo, escogidos por sus propios dueños. Con los nombres, los niños adquirieron concreción, identidad y existencia. Dejaron de ser invisible. Se convirtieron en dos seres humanos de carne y hueso, con nombres y apellidos, corpóreos, densos y reales.
El primer indicio del nombramiento de los niños en el mundo, donde todo ser y objeto tiene un nombre, fue cuando Luis Ernesto y Ernesto Luis aparecieron en el registro escolar. A lado de cada nombre también aparecieron las calificaciones, las ausencias y las tardanzas. Más tarde, aparecieron sus actas de nacimiento en la gaveta metálica de un archivo olvidado en el Ministerio del Registro Demográfico. Un funcionario del Demográfico las encontró por casualidad mientras buscaba un acta de nacimiento perdida. La oficina del Seguro Social envió a cada uno, una tarjeta azul con sus nombres y el número de identificación, que llegó a vuelta de correo en un sobre de color Manila con el matasellos federal. Alfonsina Magnolia de la Lluvia no salía de su asombro ante la avalancha de signos que confirmaban que sus nietos finalmente
existían desde que poseían nombres, que tenían derechos, que les reconocían sus identidades humanas y sociales. Tampoco dejaba de maravillarle que por fin, los rostros de sus nietos
podrían identificarse con sus nombres en las fotografías de los cumpleaños y de las veladas navideñas de la escuela.
Con los años Luis Ernesto y Ernesto Luis solicitaron pasaportes que emitieron a nombre da cada uno, para ir a descubrir al mundo. Compraron pasajes aéreos, hicieron reservaciones de habitaciones en hoteles de tres, cuatro y cinco estrellas localizados en los confines más lejanos del planeta, alquilaron carros, compraron boletos de trenes sin problemas porque al cargar sus nombres relucientes como condecoraciones en el pecho se les facilitaban los trámites más pedestres. Sin embargo, Alfonsina Magnolia de la Lluvia no vivió lo suficiente para ver el fruto de su arrojo, ni las extraordinarias consecuencias que tuvo la decisión atrevida de ponerles nombres a sus nietos. Falleció arrollada por un camión, cuyo chofer negligente rebasó el Pare en una esquina de Miramar. Pero como no llevaba carné de identidad alguno con su nombre, y sus nietos estaban viajando por el mundo, nadie reclamó su cadáver ni pudo identificarla. La sepultaron en una fosa común del Cementerio Municipal de Villa Palmeras, bajo una lápida en blanco y sin nombre, sin que nadie pudiera jamás volver a referirse a ella como Alfonsina Magnolia de la Lluvia.
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