viernes, 2 de marzo de 2012

Delirios del trópico

Los que vivimos en el trópico sabemos que la naturaleza caribeña puede ser disparatada. No en  vano inspiró el Realismo Mágico en la literatura de Gabriel García Márquez y contagió a otros autores latinoamericanos. Baste como ejemplo, el indomable comportamiento del clima durante la época de huracanes.  De doce meses del año, seis de  éstos estamos sujetos a los caprichos del viento y del calor del mar.

La meteorología trata de predecir la trayectoria de los ciclones que son producto de la interacción de estas dos fuerzas milenarias. Ha desarrollado modelos matemáticos prolijamente. Ha echado mano de las computadoras. Ha instalado radares Doppler; y envía a los imponentes aviones caza huracanes a hurgar  en las entrañas de estas bestias de lluvia. Pero independientemente de las  maravillas de las tecnologías del siglo XXI, a la hora de la verdad, los ciclones tropicales hacen lo que les viene en gana.

Emily e Irene,  dos tormentas recientes en nuestra comarca, desafiaron las predicciones más científicas. Emily, porque se pronosticó que tendría mayor impacto y al final, sus efectos lluviosos apenas se sintieron. Irene, a la que el pueblo no le prestó atención hasta que estuvo prácticamente sobre la isla, se dio gusto y ganas fortaleciéndose sobre nuestro entorno. Además, hizo gala de su extravagancia, al entrar y salir de la isla por donde quiso. ¡Quién lo hubiera pensado! Irene cruzó de este a oeste sin pudor ni vergüenza, dejando atrás un reguerete de nubes, de tronadas, de rayos, de centellas y de aguaceros que me hicieron pensar en el diluvio universal; y claro,  en el clásico relato de García Márquez, Isabel viendo llover en Macondo. Y ni hablar de las inundaciones, de los árboles derribados, de las antenas de satélite de televisión y de otras excentricidades que dejó en los patios y en las carreteras del país.

 Por cierto, la post tormenta de Irene  fue peor que la propia tormenta. Al otro día del ciclón, llovió a cantaros. Esa noche, sopló el viento y tronó tan fuerte o más que durante el azote directo de la tormenta. En  el segundo día después del evento atmosférico, las represas y los ríos hinchados de agua hicieron gala de su fuerza. Amenazaron con invadir los cascos urbanos de Comerío y Toa Baja, mientras sus habitantes se resistían a abandonar los hogares, prefiriendo refugiarse en las segundas plantas de sus propiedades.

Los meteorólogos mencionaron que la cantidad de lluvia que Irene depositó sobre la isla, colocó al fenómeno a la altura de uno que ocurriría cada cincuenta años. Lo malo es que esas exageraciones hidrográficas están ocurriendo con mucha más frecuencia de lo esperado y de lo que predicen los sofisticados modelos matemáticos: Hugo en 1989; Hortense en 1996; Georges en 1998.  Parecería que las tormentas, los ciclones y los  huracanes les  han perdido el respeto a los científicos que las estudian, convirtiéndose en verdaderos delirios de la naturaleza tropical.