miércoles, 7 de diciembre de 2011

Nieve

No puedo decir cuándo fue que comenzó la fascinación  de los puertorriqueños con la nieve. Tal vez  llegó con los estadounidenses en el 1898; o quizás fue más tarde, en 1917, cuando  aprobaron  la Ley Jones, que se coló con la ciudadanía americana.  Doña Felisa Rincón de Gautier, la emblemática alcaldesa de San Juan durante las décadas del 50 y del 60, intuyó la fascinación de los boricuas con los copitos blancos. Para complacer a los pequeños,  hizo traer una montaña de nieve en un avión, que depositó en el Parque Muñoz Rivera para la delicia de chicos y grandes, el 6 de enero de 1952. La osadía se repitió en 1953 y en 1954. Esa nevada urbana debe haber sido un acontecimiento; algo parecido a lo que ocurrió en Macondo,  cuando  Melquiades llevó el hielo por primera vez, en la novela Cien años de soledad de Gabriel García Márquez.
Han pasado varias décadas desde la proeza  nevada de doña Fela,  pero el ensimismamiento de los puertorriqueños con la nieve, no ha cedido ni un ápice. El otro día que visité Plaza Las Américas, me sorprendió ver una muchedumbre de clientes,  apretados los unos contra los otros en la alfombra roja del atrio principal. No crean que eran únicamente padres y madres con sus pequeños a la expectativa de  que cayera la nieve artificial desde el techo, impulsada por varios abanicos enormes. No;  se trataba de los mayores, de  adultos y de  envejecidos, a la espera de la magia de la nevada de mentirita, que deleita a los compradores en esta época del año. Parece ser que en lo que al espíritu navideño se refiere, muchos  puertorriqueños prefieren la nieve, los venados, el trineo y los duendecitos de Santa Claus.
Atrás quedó la época cuando la Navidad se anunciaba en La Lomita de los Vientos, con el nacimiento del niñito Jesús y los Tres Reyes Magos, en la parte norte del Capitolio. Visitarla era una peregrinación obligada, sin la cual no empezaba oficialmente la época navideña.  La vitrina de la tienda por departamentos González Padín en el Viejo San Juan, también hacia las delicias de  los transeúntes, pero se caracterizaba por una decoración salpicada de escarcha, chimeneas y casitas nevadas.  El paseo no estaba completo sin pasar frente a las otras vitrinas adornadas de las tiendas en  San Juan, frente a las cuales se amontonaban los visitantes; o dar una o dos  vueltas  alrededor del  enorme árbol de Navidad que anualmente colocaba el Banco Popular a la entrada del Condado. Esa fascinación con la blanca Navidad, con los pinos navideños  y con la nieve  que no tenemos en el Caribe,  es efecto de la transculturación de los rasgos culturales  estadounidenses  que nos han moldeado como parte del proceso de colonización.  El asunto  es disfrutar de la blanca Navidad en  el trópico,  siendo conscientes de que la fascinación con lo nevado, no es del todo  inocente, sino el producto de una mentalidad que nos obliga a emular al norte.

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