Quién crea que el diccionario es un libro aburrido y opaco, que reconsidere. Conozco a un niño de ocho años que ha descubierto que el diccionario es una fuente inagotable de información sobre el significado de las palabras. Se trata de información fidedigna, directa, sin rodeos, ni eufemismos, ni vergüenzas, o tabúes. Sucede que ese chico está en esa edad maravillosa en la que ya se ha descubierto que las palabras tienen múltiples significados; y que en el diccionario están todas las palabras que existen: las buenas y las malas.
Aclaro que las palabras no son ni buenas ni malas. La carga ética del vocabulario se la insuflamos los hablantes con las insinuaciones, los ademanes, las entonaciones, los tonos y los contextos que enriquecen el discurso oral. Pero esas sutilezas de la lengua, este chico no las ha aprendido todavía. Él solo sabe que hay malas palaras y palabras prohibidas, asociadas a actos impúdico, que no se pueden repetir, ni mencionar, ni pensar, ni preguntar, pero sí se pueden buscar y encontrar en el diccionario, sin censura, ni cortapisas, ni reproches.
Pues bien, a este chico, que cursa el tercer grado, ya le han enseñado a buscar palabras por orden alfabético en el diccionario. De seguro que en la escuela, únicamente ha buscado la definición de las buenas palabras que le asigna la maestra. Pero él, ni corto ni perezoso, ha hecho la conexión en su intelecto y sabe que en ese libro que muchos tildan de latoso, va a encontrar la información que de otra manera, le estaría vedada. Para él, el diccionario se ha transformado en el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal que menciona el Génesis; y está dispuesto a darle un buen mordisco a la manzana de la tentación para acceder al conocimiento. Es obvio que aprendió la lección. A eso se le llama apoderamiento y es el resultado de la educación.
Este chico camina por todas partes con el diccionario debajo del brazo. Se sienta en cualquier esquina, embebido, a buscar cuanta palabra prohibida escucha o se le ocurre. Cuando la localiza y lee el significado, pues, encuentra otras palabras que no entiende, así que se apresta a buscar esas nuevas palabras para tener una verdadera comprensión semántica del asunto. El proceso se reinicia una y otra vez; y el chico sigue buscando palabras afanosamente, ampliando su vocabulario y engrosando su conocimiento sobre temas prohibidos de la mejor manera posible.
No puedo evitar contrastar esa manera productiva de acceder al conocimiento, con la manera burda en que otros niños y niñas aprenden en la calle, esas palabras prohibidas. Aprenden a usarlas como armas del lenguaje, como dardos afilados, con la entonación y con los gestos soeces que las complementan. Pero las usan sin el conocimiento de sus significados, repitiéndolas como papagayos; sin que nadie se digne a explicarles lo que significan, porque de quienes las escucharon, posiblemente, tampoco los conocen.
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