Elocubraciones literarias sobre la vida que me ha tocado vivir; apalabrando lo que observo con...gusto.
domingo, 6 de mayo de 2012
Mallorcas
Crecí disfrutando de las mallorcas de La Bombonera. Desde el momento que me anunciaban un paseo al Viejo San Juan, comenzaba a soñar con el aroma y con la capa azucarada del delicioso panecillo. La parada en La Bombonera era pues, obligada. Pero antes de entrar, me detenía frente a la vitrina para escudriñar las bandejas de bizcochos y de confiterías en exhibición, buscándolas golosamente con la vista. Ese instante era una pequeña tortura, porque nunca sabía si habría o no mallorcas disponibles Ocasionalmente, las mallorcas habían desaparecido antes de que lograra echarle mano a alguna. Así que tenía que conformarme con un pastelillo de guayaba, o con un suizo, que aunque se parecía a la mallorca añorada, era aburrido y rígido; sin las sinuosas curvas de las mallorcas, que me recordaban los laberintos y los moños abultados de la abuela. ¡Cosas de la imaginación de una niña!
Mi abuelo paterno también era fanático de La Bombonera, pero no por las mallorcas. Allí se encontraba con sus amigos de toda la vida, para tertuliar. Para entonces, a principios de la década del 60, mis abuelos paternos se habían mudado de Santurce a la Urbanización Roosevelt. Aunque mi abuelo tenía un Packard negro, reluciente y vintage, prefería subirse en la guagua pública y llegar a San Juan a pie, llevando chaquetón, bastón y sombrero de Panamá, para protegerse la calva del candente sol del mediodía. Regresaba a la casa en la tarde, cargando con una libra de pan de agua, una lata de mantequilla danesa y una caja de cartón amarrada con cordón al estilo español, donde traía las adorables mallorcas, para su media docena de nietos.
En mi juventud seguí visitando La Bombonera como parte de la peregrinación sabatina al Viejo San Juan, donde entonces abundaban las galerías de arte. Fue la época cuando incursioné en las artes plásticas. La Bombonera era un punto de encuentro con artistas como Antonio Martorell, José Antonio Torres Martinó y Luigi Marrozini, quien era el dueño de la Galería Colibrí en la Calle de Cristo. Para entonces, ya había aprendido a degustar el café de La Bombonera y las mallorcas con mantequilla, tostadas y humeantes, que devoraba en medio de conversaciones fascinantes sobre arte, política y literatura.
Años después nació mi hija. La peregrinación sabatina se convirtió en un paseo familiar con ella en coche, que no estaba completo sin parar en La Bombonera. Allí ya no me encontraba con los artistas de mi juventud, sino con otras parejas de amistades quienes también paseaban a sus retoños y se detenían en La Bombonera para- igual que yo- iniciar los pequeños en el arte de disfrutar de la mallorca. No quiero pensar que después de tantos años y de tantas vivencias, el arte de disfrutar de la Mallorca en La Bombonera esté en peligro de extinción, porque algún día me corresponderá iniciar en él, a mis futuros nietos.
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